Premio Internacional

Discursos del Vicepresidente

Palabras pronunciadas por D. Óscar de Baltodano, Vicepresidente y Director General de la Fundación Ernesto Cardenal, durante las ceremonias de entrega del premio.

29 de mayo de 2025

V Edición — Biblioteca Nacional de España

Palacio de la Biblioteca Nacional de España, Madrid

Discurso del Vicepresidente - Premio 2025

Discursos pronunciados por don Óscar de Baltodano (Vicepresidente y Director General de la Fundación Ernesto Cardenal) durante la entrega de los premios.

Apertura de la Sesión a Cargo del Vicepresidente del Patronato y Director General de la Fundación.

Palacio de la Biblioteca Nacional de España.
Madrid, 29 de Mayo de 2025.

Excma. Sra. Dña. Carmen Calvo, Presidenta del Consejo de Estado.

Excmo. Sr. D. Angel Gabilondo, Defensor del Pueblo.

Excmo. Sr. D. Yao Ying, Embajador de la República Popular de China ante el Reino de España ( Nǐ hǎo, huānyíng nín! )

Dña. María José Gálvez, Directora del Libro y Fomento de la Lectura.

Autoridades de la Presidencia de la Comunidad de Madrid.

Representantes del Ayuntamiento de Madrid.

Director de la Biblioteca Nacional de España, D. Óscar Arroyo Ortega.

Director Cultural de la BNE, D. Javier Ortega.

Ilmo. Sr. D. Hernando de Orellana-Pizarro, Presidente de la Fundación Obra Pía de los Pizarro.

Excmo. Sr. Rev. Padre Ángel García Rodríguez, Premio Príncipe de Asturias de la Concordia y Premio Ernesto Cardenal de la Concordia y los Derechos Humanos.

Dirección académica de la Fundación Ernesto Cardenal, doctoras Dña. Mariángeles Pérez López y Dña. Remedios Sánchez. Catedrática de la Universidad de Granada.

Premiados anteriores.

Heredera de la obra de Ernesto Cardenal, Dña. Luz Marina Acosta Guillén.

Patronos.

Premiados en esta edición: Excmo. Sr. D. José Luis Rodríguez Zapatero, Excmo. Sr. D. Joan Manuel Serrat, Fundación la Caixa en representación de su presidente. D. Isidro Fainé, D. Rafael Chueca Blasco.

Señoras y señores,

Senyores i senyors,

Distingides autoritats, la seva presència avui, aquí, ens conhorta.

Jaun-andreok, ongi etorri.

Señoras e señores, sexan todos benvidos.

Antes de continuar, me corresponde trasladar un mensaje de especial importancia.

A primera hora de esta mañana, hemos recibido una misiva personal del Presidente del Gobierno, en la que lamenta no poder acompañarnos hoy, tras haber intentado hasta el último momento ajustar su agenda para estar presente en esta ceremonia que considera profundamente significativa. A última hora, compromisos ineludibles le han impedido asistir, pero me ha encargado expresamente que traslade en su nombre sus más cálidas felicitaciones a los galardonados, así como su reconocimiento a los miembros de esta institución que hacen posible este acto.

Asimismo, traslado las felicitaciones de la Casa de Su Majestad el Rey, cuya presencia simbólica honra esta ceremonia y refuerza el compromiso de la Corona con los valores que aquí celebramos: la cultura, la concordia, los derechos humanos y la memoria.

Gracias a la ciudad de Madrid, cuna de este templo de la lengua y la memoria que es la Biblioteca Nacional de España, por acoger nuevamente esta ceremonia. Aquí dais cobijo y proyección a la variedad, riqueza y belleza de la creación literaria en la patria amplia y universal del español, ese «Territorio de La Mancha» que definió el mexicano Carlos Fuentes como «el más grande país del mundo». Me gusta apropiarme de una idea que tomo prestada de la Dra. Remedios Sánchez, «La lengua como patria en la que cabemos todos». Y es ello uno de las señas de identidad de esta fundación, donde podemos sentar a todos en el marco del compromiso con la cultura y los derechos humanos, como se es testigo esta tarde. Presidir este acto es siempre motivo de alegría, principalmente por cuatro razones: es la fiesta de la creación, la celebración del español como patria, la concordia como esperanza tangible y el recuerdo de Ernesto Cardenal a través del premio que lleva su nombre. Son cuatro motivos de celebración que se resumen en uno solo: el lenguaje como patria común. Nos recuerda Álvaro Pombo, Premio Cervantes 2025, que «El lenguaje, que es la gran creación humana, se sirve de los escritores para expandirse, para ampliar nuestra manera de acceder al mundo. Cada palabra es un camino que nos permite iluminar una parte de la realidad. Y si esa palabra se pierde, perdemos la realidad que descubría. Cada escritor es también un modo de iluminar la realidad. Tiene una misión de claridad». Efectivamente. Pombo coincide con Cardenal en que el lenguaje es patria común y misión compartida. El escritor, iluminando la realidad con palabras, cumple una función de claridad y de memoria; el poeta, en la visión de Cardenal, asume además la responsabilidad de usar la palabra para transformar, denunciar y anunciar, haciendo de cada verso un acto de concordia y de justicia. Así, la pérdida de una palabra —como advierte Pombo— es también la pérdida de una realidad, de una memoria y de una posibilidad de futuro, y por eso la labor del escritor y del poeta es, en última instancia, un acto de defensa de la convivencia democrática y de la dignidad humana.

En este contexto, quiero recordar que el Padre Ángel García Rodríguez, Premio Príncipe de Asturias, fue nuestro primer galardonado con el Premio Ernesto Cardenal en la categoría de Concordia y Derechos Humanos. En aquel momento, junto a Luz Marina Acosta, presidenta de esta Fundación y heredera de la obra de Cardenal, afrontamos el reto de sostener la memoria y la obra de quien fue el último gran poeta del siglo XX. Nos decían que arábamos sobre el mar, que estábamos locos, pero sabíamos que sosteníamos la utopía de un hombre cuya vida fue ejemplo de rebeldía y amor. Hoy, celebrando el centenario de su nacimiento y los cinco años de la fundación de esta institución, constatamos que este galardón se ha convertido en un reconocimiento de encuentro común entre España e Hispanoamérica. Desde entonces, he conocido a hombres y mujeres admirables, de trayectorias extraordinarias y de gran impacto para el progreso de nuestras sociedades. A lo largo de estos años, he tenido el honor y la responsabilidad de elogiar a los galardonados en esta ceremonia. Permítanme compartir un pensamiento íntimo: veo con emoción y responsabilidad casi paternal esta institución, que dejó de ser solo la que custodia la obra de Ernesto Cardenal para convertirse en la casa y punto de encuentro de todos nuestros premiados. El Padre Ángel, Pedro Almodóvar, la Dra. Luce López Baralt, la excepcional escritora mexicana Elena Poniatowska, entre muchos otros, se han unido a esta larga lista. Para mí, la Fundación es como la hija que no tengo, la he visto crecer y volverse un pilar fuerte de la cultura, el arte y, sobre todo, transformarse en algo que fue clave para Cardenal: la rebeldía del amor.

En cada edición, esta ceremonia refleja fielmente el objetivo de la Fundación: reconocer a quienes, con su trabajo, llevan progreso y esperanza a tantas vidas. Felicito a los premiados de este año: vuestros nombres pasarán con brillantez a nuestra memoria colectiva. Vuestra grandeza se mide por el impacto positivo que tenéis en la sociedad; ahí están vuestras obras para demostrarlo. Gracias por compartir vuestra pasión y compromiso.

Si tuviéramos que escoger un denominador común entre vosotros, una síntesis de vuestros méritos, lo condensaríamos en una sola idea: la persona. Todos nos habláis, de manera explícita o sutil, de las facetas que hacen brillar ese concepto poliédrico: la persona a través del amor, la belleza, el compromiso, la compasión, la búsqueda del saber o la defensa de las libertades. Nos ponéis delante, en definitiva, de aquello que nos engrandece y nos ayuda a realizarnos.

En este mundo globalizado y tecnológicamente avanzado, la deshumanización es un riesgo latente. Vosotros, los premiados, nos recordáis con vuestro ejemplo que, en el centro de cualquier discurso o acción, debe seguir estando la persona. La historia nos alerta de las graves consecuencias de apartarse de ese camino, de los riesgos de la polarización y la negación del otro por sus convicciones o creencias. Como señala Juan Goytisolo: «No hay reconciliación posible sin verdad, ni verdad posible sin memoria. No hay patria sin memoria. No hay democracia sin conciencia de lo que fuimos. No hay dignidad sin la valentía de mirar al pasado para reconciliarnos con toda nuestra historia, no solo con la que nos enorgullece, sino también con la que nos duele e interpela».

La memoria, en efecto, no es un territorio unívoco: es un espacio plural en el que confluyen recuerdos, heridas y esperanzas diversas. Es precisamente en ese diálogo, a veces tenso, siempre necesario, donde una sociedad madura aprende a reconocerse, a aceptar sus contradicciones y a buscar caminos de concordia. Asumir la memoria colectiva implica abrirse a la complejidad del pasado, reconocer las voces silenciadas y comprender que el ejercicio de recordar es también un acto de responsabilidad hacia el futuro. Solo así la memoria puede convertirse en el cimiento de una verdad compartida y en la base de una reconciliación auténtica.

Decía Jorge Semprún que «la memoria es un territorio en disputa, pero también la única patria común del porvenir». Esta profunda afirmación nos interpela hoy. En España, durante demasiado tiempo, la palabra «memoria» fue sospechosa. Nos dijeron que recordar era peligroso, que remover el pasado abría heridas que debían permanecer cerradas en nombre de una supuesta paz construida sobre el silencio. Pero la historia demuestra que el olvido no cierra ninguna herida, solo las profundiza en la conciencia colectiva.

Mi familia viene de un país, Nicaragua, que ha repetido sus errores por olvidar su historia. Por eso, en la memoria encontramos el mayor acto de valentía y revolución. En España, la aprobación de la Ley de Memoria Histórica bajo el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero en 2007 supuso un hito en el reconocimiento institucional del sufrimiento de las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura franquista. Esta ley convirtió por primera vez la deuda moral con quienes padecieron persecución o violencia en una responsabilidad política del Estado, abriendo el camino hacia la reparación moral, la recuperación de la memoria personal y familiar, y el reconocimiento de la dignidad de los derrotados como patrimonio de todos. Es un hito en el camino: por primera vez desde el regreso de la democracia, el Estado español convirtió esa deuda moral en responsabilidad política. La ley impulsada por Zapatero abrió un camino sin retorno hacia la verdad, la justicia y la reparación. Fue la primera vez que el Estado reconocía institucionalmente la injusticia de las condenas, ejecuciones, desapariciones forzadas y el exilio que marcó a generaciones enteras.

La ley no impuso un relato único, sino que permitió visibilizar y dignificar a quienes habían sido silenciados durante décadas, facilitando la rehabilitación de personas injustamente condenadas, la retirada de símbolos franquistas de la vida pública y el inicio de procesos de exhumación de fosas comunes. Además, abrió un debate social y político que había estado silenciado, permitiendo que la memoria de las víctimas fuera reconocida y discutida en el espacio público. De esta forma se inició un tiempo nuevo y España comenzó a hacer justicia no solo con las víctimas, sino consigo misma. Porque ningún país que aspire a la altura de la civilización puede convertir el horror en una nota al pie de página de su relato oficial.

Este año conmemoramos cincuenta años de democracia ininterrumpida en nuestro país: medio siglo de libertades, derechos e instituciones al servicio de todos. Sin embargo, toda celebración auténtica exige un ejercicio de memoria. Porque ninguna democracia surge de la nada, ninguna libertad se hereda sin cicatrices y ninguna convivencia puede consolidarse si ignora sus propias sombras.

Fue precisamente el espíritu de reconciliación y el respeto al pluralismo, valores que guiaron la Transición, lo que nos permitió dotarnos de una Constitución —la de 1978— que articuló un Estado social y democrático de derecho con clara vocación integradora. Ese mismo espíritu de reconciliación inspiró las primeras medidas del periodo democrático, orientadas a reconocer la dignidad de quienes sufrieron durante la dictadura. «Ahora es tiempo de paz. De paz y de memoria», escribió Mariluz Escribano, la gran poeta de la concordia civil y la memoria en España. Su voz, nacida del dolor personal y colectivo, nos recuerda que solo desde la memoria —esa memoria incómoda pero imprescindible— podemos construir una convivencia auténtica. Es la memoria la que devuelve nombre y rostro a quienes fueron silenciados por las armas, el exilio o el miedo; la que rescata la historia completa y verdadera de una nación. En este empeño, la poesía de Mariluz Escribano dialoga con la de Antonio Machado, el excepcional escritor de ética indesmayable que centró una parte sustancial de su obra en reivindicar la trascendencia de la dignidad y la justicia. Machado, que supo convertir su vida y su obra en «una lección de libertad», nos enseñó que la memoria del dolor no es un lastre, sino el fundamento de la esperanza y el porvenir. Ese el Machado que ha llegado a muchos lugares del mundo de la mano y la voz de Joan Manuel Serrat. Así, la memoria que hoy nos convoca no es solo un ejercicio de recuerdo, sino un acto de justicia y de concordia, imprescindible para sanar las heridas y mirar juntos hacia el futuro.

En España, la Ley de Memoria Histórica de 2007 no reescribió la historia, sino que permitió sacarla a la luz y reconocer públicamente a quienes durante décadas fueron condenados al silencio y la invisibilidad. No se trató de imponer un relato único, ni de dividir a la sociedad entre vencedores y vencidos, sino de devolver la dignidad y la voz a las víctimas, y de propiciar un proceso de reconciliación basado en la verdad y la justicia. El objetivo fue, y sigue siendo, construir un país más justo y más libre, donde la memoria colectiva sirva de cimiento para la convivencia democrática. Por esa visión valiente, y por haber dado el primer paso institucional hacia el reconocimiento y la reparación, hoy rendimos homenaje a José Luis Rodríguez Zapatero, impulsor de aquella ley fundamental. Años más tarde, Carmen Calvo dio continuidad y profundidad a ese legado con la Ley de Memoria Democrática, reafirmando que ninguna generación debe crecer en la ignorancia de su historia y que ningún crimen merece el silencio del olvido. Ambas leyes, con sus avances y limitaciones, han situado la memoria en el centro del debate democrático y han abierto caminos hacia una sociedad más consciente, más justa y más reconciliada consigo misma, aunque el proceso de asunción plena de la memoria y la superación de las divisiones del pasado sigue siendo un reto para la sociedad española. ¿Qué es la memoria sino una forma de salvación colectiva? ¿Qué es la democracia sino el arte de convivir con la diferencia a la luz de toda la verdad?

Hoy es imprescindible recordar que la democracia que celebramos en su cincuentenario no sería posible ni estaría completa sin reconocer que muchos de sus cimientos se forjaron en los sueños y sacrificios de quienes la imaginaron y defendieron mucho antes de que fuera una realidad. La historia de España está marcada por nombres como el de Julián Grimau, ejecutado en 1963 por defender las libertades y la dignidad humana. Su nombre, junto al de tantos otros hombres y mujeres que sufrieron persecución, cárcel, exilio o muerte por sus ideales democráticos, nos recuerda que cada derecho y cada libertad que hoy disfrutamos fue, en su momento, motivo de represión y sufrimiento.

Pero la memoria democrática no se agota en los nombres conocidos. Aún quedan, en fosas comunes, cunetas y en el exilio, miles de víctimas anónimas cuyos nombres no figuran en los libros de historia, pero que forman parte esencial de nuestra memoria colectiva. Es en este contexto donde la poesía se convierte en un acto de justicia y de memoria.

Ese es, en esencia, el verdadero sentido de la memoria: no se trata de abrir viejas heridas, sino de cerrarlas definitivamente con la única medicina capaz de sanar el pasado, que es la verdad.

La memoria, por tanto, no puede ser patrimonio exclusivo de ningún gobierno ni de ninguna ideología. Pertenece al pueblo entero, a todas las generaciones que conforman nuestra sociedad, y es responsabilidad colectiva custodiarla y transmitirla. Solo desde una memoria asumida y compartida podemos aspirar a construir un futuro libre de las sombras y silencios que aún hoy nos recorren.

Por todo ello, el premio que hoy entregamos a José Luis Rodríguez Zapatero trasciende el reconocimiento a una decisión política valiente. Es, sobre todo, una declaración de principios: la convicción de que España no podrá edificarse sobre el olvido, sino sobre la dignidad compartida de todos sus hijos e hijas. Porque solo así, reconciliando memoria y justicia, podremos avanzar hacia una sociedad más libre, más justa y verdaderamente democrática.

Porque únicamente al reconciliarnos con cada rincón de nuestro pasado, podemos soñar y construir un porvenir luminoso y libre de las cadenas del olvido.

Por eso, este reconocimiento a José Luis Rodríguez Zapatero es también un acto de memoria agradecida de la patria, un tributo a su visión y a su valentía. Extiendo este homenaje a todos aquellos que, desde el silencio o desde la palabra, desde el dolor o desde la esperanza, han hecho posible que la memoria sea, por fin, una causa de Estado. Porque solo cuando la memoria es de todos, la democracia se vuelve verdadera y plena. La memoria colectiva es el fundamento que sostiene la convivencia y la reconciliación; solo así podemos construir una sociedad más justa y consciente de su historia.

Ahora bien, si la política puede dignificar la memoria y convertirla en un compromiso institucional, es el arte quien la salva del olvido y la convierte en eternidad. Ninguna ley, por justa que sea, puede resonar en el corazón del pueblo si no encuentra la voz de quienes, como los poetas y los músicos, la llevan más allá de las páginas oficiales y la siembran en el alma de cada generación. Por eso, tras rendir homenaje a quienes, desde la política, tuvieron el coraje de abrir caminos de memoria, reconciliación y justicia, hoy celebramos también a personas de excepcional talento y clara vocación de compromiso ético; a un hombre que, desde la música y la palabra, ha fortalecido este mensaje necesario divulgándolo y proyectándolo en todo el mundo, acompañando a varias generaciones en su búsqueda de libertad, de identidad y, sobre todo, de amor. Joan Manuel Serrat es, ante todo, el poeta de la gente sencilla, el cantor de las causas justas, el artista total que ha hecho de su vida una ofrenda al lenguaje del alma y del corazón. Su voz ha sido, durante décadas, el eco de la ternura en tiempos de silencio, el refugio de quienes amaban en secreto, la resistencia de los que no se resignaban y la celebración de quienes, a pesar de todo, aún sabían nombrar la belleza.

A través de su música, Serrat ha tejido una geografía emocional que une Cataluña, España y América Latina, vinculando pueblos y generaciones en un territorio común donde no importan las fronteras ni los pasaportes, porque en su obra, todos (de un modo u otro) nos hemos sentido en casa. Si existe una patria en el alma, está en canciones como Mediterráneo, donde, aún hoy, tantos encontramos consuelo y emoción.

¿Quién no ha sentido un nudo en la garganta al pisar esta tierra, o al estar lejos de ella, y escuchar las primeras notas de Mediterráneo? ¿Quién no ha reconocido en sus versos la nostalgia del exilio, el amor a la madre, la melancolía del tiempo?

Entre tus canciones, Joan Manuel, hay una que guarda, como pocas, la delicadeza de lo que es frágil y eterno. Porque hay palabras que no necesitan adornos, solo verdad. Y tú lo dijiste mejor que nadie.

Joan Manuel Serrat conoció a Ernesto Cardenal. No solo compartió con él el pan de la palabra, sino que incluso tuvo el gesto de llevar a la música sus versos, fundiendo sus voces en una sola melodía donde belleza, verdad y justicia se abrazan. Entre los muchos poetas que has cantado, querido Joan Manuel, están Machado, Hernández, Benedetti. Pero también están tus propios versos, que han entrado en nuestras vidas con la misma fuerza y dulzura con la que entra la poesía verdadera: sin imponerse, pero sin irse nunca.

Tu obra trasciende lo que supone una carrera artística: ha sido una pedagogía de la sensibilidad, una ética del amor, una estética de lo humano. Hoy, en el centenario de Ernesto Cardenal, nos honra que uno de sus amigos más admirados reciba este premio que lleva su nombre. Porque si Cardenal nos enseñó a soñar con una utopía posible, tú nos enseñaste a cantarla. Si Cardenal nos mostró que la palabra puede ser un acto revolucionario, tú nos mostraste que puede ser también un acto de amor.

Por eso, querido Joan Manuel, gracias.

Gracias por cada verso que nos reconcilia con la vida.

Gracias por cada melodía que nos devuelve el alma.

Gracias por recordarnos que la patria verdadera es la palabra,

y que el destino último de la palabra es el amor.

Y por último, pero no menos importante, rendimos homenaje a un hombre que se ha distinguido por situar a la persona en el centro de toda acción social, con el objetivo de ofrecer no solo ayuda, sino también herramientas reales para que cada individuo pueda ganar en autonomía y oportunidades. La figura de Isidro Fainé es inseparable del compromiso social de la Fundación «la Caixa», a la que ha dotado de una visión profundamente humana y transformadora. Bajo su liderazgo, la entidad ha sostenido e incrementado su inversión social incluso en tiempos de dificultad, destinando en la última década más de 5.000 millones de euros a iniciativas que buscan mejorar la vida de las personas más vulnerables. Quiero destacar programas de gran impacto como CaixaProinfancia, que rompe el círculo de la pobreza infantil a través del refuerzo educativo, el apoyo familiar y la atención psicosocial, permitiendo que miles de niños y sus familias desarrollen sus capacidades y accedan a mejores perspectivas de futuro. Como el propio señor Fainé ha expresado, «nuestro compromiso con las personas, hoy y siempre, es construir un futuro mejor para todos. Solo ejerciendo un liderazgo responsable y transformador lograremos la construcción de una sociedad más justa y con más oportunidades para todos». Así, su gestión no solo ofrece ayuda, sino que impulsa la autonomía y la libertad de las personas, abriéndoles nuevas oportunidades y acompañándolas en el camino hacia una vida más plena y digna. Mientras otros levantan muros, él ha tendido puentes. Mientras algunos hablan de caridad, él ha trabajado por la justicia. Y mientras tantos buscan dejar una huella de éxito, él ha dejado una huella de sentido.

Por todo ello, señor Fainé, este Premio Ernesto Cardenal a la Concordia y los Derechos Humanos quiere ser hoy mucho más que un simple reconocimiento. Es, ante todo, una expresión de gratitud profunda: por su trayectoria ejemplar, por su compromiso constante y por demostrarnos, con hechos, que la bondad ejercida con responsabilidad y generosidad tiene el poder de ser un eje para transformar el mundo.

Hoy, al rendir homenaje a José Luis Rodríguez Zapatero, Joan Manuel Serrat e Isidro Fainé, celebramos tres caminos distintos pero igualmente nobles de servir al ser humano: el de la ley, el del arte y el de la acción solidaria. Al hacerlo, y en este centenario de Ernesto Cardenal, reafirmamos con esperanza que la poesía sigue viva, que la justicia es posible y que la palabra, cuando nace del amor y la verdad, aún puede transformar nuestro destino colectivo.

Si algo nos enseñan los tres homenajeados es que toda acción verdadera, toda obra que deja huella, nace siempre del compromiso con la dignidad humana. Ese es el legado que hoy reconocemos con respeto, gratitud y entusiasmo. Como escribió Ernesto Cardenal, «El amor y el arte son lo mismo», recordándonos que solo desde el amor y la creatividad podemos transformar el mundo. Y, desde la Fundación Ernesto Cardenal que me honro en representar, creemos que es precisamente ese compromiso con la dignidad y la libertad lo que da sentido a nuestro camino colectivo, tal como advirtió don Miguel de Cervantes con la lucidez de quien conocía el alma humana: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos». Que la memoria, la concordia y la libertad sigan guiando nuestro camino.

Muchas gracias.


16 de mayo de 2024

IV Edición — Biblioteca Nacional de España

Palacio de la Biblioteca Nacional de España, Madrid

Discurso del Vicepresidente - Premio 2024

Apertura de la Sesión a Cargo del Vicepresidente del Patronato y Director General de la Fundación.

Palacio de la Biblioteca Nacional de España.
Madrid, 16 de Mayo de 2024.

Excma. Sra. Dña. Carmen Calvo, Presidenta del Consejo de Estado.

Excmo. Sr. D. Jordi Marti, Secretario de Estado de Cultura.

Senyoria, Ens sentim molt honorats amb la seva presència avui en aquesta sessió. Li preguem que traslladi la meva més estimable salutació al Senyor Ministre Urtasun.

Excmo. Sr. D. Quirino Ordaz Copel, Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de México ante el Reino de España.

Excmo. Sr. D. Jorge Abascal, Agregado Cultural de México en España.

Autoridades de la Presidencia de Comunidad de Madrid.

Representantes del Ayuntamiento de Madrid.

Aunque hoy no ha podido acompañarnos físicamente en está sesión, envío mis mas cercanos saludos a D. Mario Vargas Llosa (Premio Nobel de Literatura).

Excmo. Sr. D. Hernando de Orellana-Pizarro, Vizconde de Amaya, Presidente de la Fundación Obra Pía de los Pizarro.

Excmo. Sr. Rev. Padre Ángel García Rodríguez, Premio Príncipe de Asturias de la Concordia y Premio Ernesto Cardenal de la Concordia y los Derechos Humanos.

Presidente de la Cátedra Iberdrola de ética económica y empresarial, Dr. D. José Luis Fernández.

Director de la Biblioteca Nacional de España, D. Óscar Arroyo Ortega.

Director Cultural de la BNE, D. Javier Ortega.

Director Académico de la Fundación Ernesto Cardenal, Dr. D. Juan Carlos Moreno-Arrones.

D. Álvaro Vargas Llosa (Director Académico de la Fundación Internacional para la Libertad).

D. Gerardo Bongiovanni (Director General de la Fundación Internacional para la Libertad).

Dña. Pilar Rubines (Directora adjunta de la Revista Hola!).

Premiados anteriores.

Heredera de la obra de Ernesto Cardenal, Dña. Luz Marina Acosta Guillén.

Patronos.

Premiados en esta edición: Excmo. Sr. D. Alejandro G Roemmers.

Excma. Sra. Dña. Elena Poniatowska Amor.

Señoras y señores, Senyores i senyors,

Distingides autoritats, la seva presència avui, aquí, ens conhorta.

Jaun-andreok, ongi etorri.

Señoras e señores sexan todos benvidos.

Me siento muy feliz de volver a estar en esta nuestra ciudad de Madrid presidiendo estos nuestros premios Ernesto Cardenal, para celebrar el triunfo de la inteligencia, para reconocer el trabajo bien hecho, para ensalzar la generosidad y el altruismo, para proclamar que nuestros galardonados son un ejemplo para todos y que España es madre que siempre acoge en el seno de nuestra lengua común, el español, a toda Hispanoamérica.

Porque creemos que quienes dedican su trabajo y su tiempo a la búsqueda de la verdad, la belleza y la concordia nos ayudan a encontrar caminos para avanzar hacia el futuro; porque sabemos como institución que la obra de quienes anteponen la ética y el compromiso a cualquier deseo banal y el bienestar común al propio nos impulsa hacia esa vida más completa, más digna y mejor que anhelamos para todos. Nuestros premiados nos ayudan a mantener viva la esperanza; y en esta tarde de primavera —que es también una tarde de luz— refuerzan, una vez más, nuestra confianza en los nobles valores del espíritu humano y de los lazos de hermandad con hispanoamérica.

Cada año, en cada edición de esta ceremonia −y en presencia de nuestros galardonados−, renacen en nosotros los sentimientos, las emociones y las ideas que irradian siempre la luz de la esperanza. Su ejemplo nos mueve a la reflexión sobre el lugar destacado que, en la vida de las sociedades, tiene el reconocimiento a quienes hacen de su existencia un símbolo de compromiso y solidaridad con los pueblos.

Nuestra Fundación no es ajena a los desafíos y dificultades actuales, a nivel cultural y social, ni tampoco puede ni quiere serlo. Somos una institución que, más allá de preservar la obra del último gran poeta latinoamericano del siglo XX, nos abrimos a responder valientemente a las necesidades de los tiempos, siendo conscientes de que no podemos dar soluciones del ayer a los problemas del mañana, y que juntos luchamos por levantar el estandarte de unidad que el español, nuestra lengua madre, nos da como sociedad hispanoamericana, similar en procesos sociales y culturales.

Esta institución es consciente de la riqueza lingüística de nuestro país y, desde nuestras publicaciones a través de nuestra Revista «Abdal», promueve todos los idiomas cooficiales de nuestra nación, pero también es consciente del regalo de poder tener una lengua común que une pueblos y destinos más allá del Atlántico, más allá de la historia y del tiempo.

La meva pàtria són moltes llengües, però un sol cor que treballa i lluita per la bandera de la llibertat, en paraules del poeta Joan Maragall. Perquè en aquest «Visca Espanya!» hi caben tots els que estimen Espanya de debò.

Mi patria son muchas lenguas, pero un solo corazón que trabaja y lucha por la bandera de la libertad, en palabras del poeta Joan Maragall. Porque en este «¡Viva España!» caben todos los que aman a España de verdad.

Y me atrevería a agregarle a sus palabras que caben todos los que aman nuestra lengua vernácula que nos susurra palabras tan bellas que salen de El Quijote, a los versos enamorados de Federico García Lorca, a los cánticos de Juana Inés de Asbaje, los comentarios de Garcilaso el Inca, de Góngora, de Bécquer, la poesía de Marí Luz Escribano, los versos de Pilar Paz Pasamar, la vanguardia literaria de Azarias H. Pallais, Alfonso Cortez, Salomón de la Selva, las letras rebeldes de María Zambrano, de Antonio Machado, Vicente Aleixandre, de Luis Cernuda, la poesía y los cuentos de Borges.

O la voz de Rafael Alberti junto a Ernesto Cardenal recitando y hablando frente a la tumba de Rubén Darío, enterrado junto a su musa Margarita Debayle, en aquella ciudad colonial de Nicaragua, donde todos son poetas o hijos de poetas, llamada León Santiago de los Caballeros.

Las historias de mujeres fuertes y rebeldes en las letras de Elena Poniatowska que nos hacen conocer cara a cara a sus protagonistas, La China Poblana, Tina Modotti, Leonora Carrington, Angelina Beloff, Rosario Ibarra de Piedra, Jesusa Palancares; o el regalo invaluable a las letras hispánicas que hizo Magdalena Castillo, la joven nana de provincia que enseñó a Elena Poniatowska a pronunciar bien el castellano a su llegada a México desde París.

O los versos de Alejandro G. Roemmers, enamorados y fuertes, que aún me suspenden en mí mismo al recitarlos.

Esto es nuestra lengua común, señores, esto es el español que hoy nos convoca alrededor de nuestros galardonados. Esto es la herencia más grande de España, un patrimonio símbolo de unidad que ha desafiado incluso la historia de la torre de Babel, porque quienes nos sentimos amamantados por esta lengua madre encontramos refugio y dulzura en cada rincón del planeta en el que resuene nuestra lengua vernácula que es un lenguaje de Unidad.

Traigo a esta sala los versos de Luis Cernuda cuando dice:

«¿Cómo no sentir orgullo al escuchar hablada nuestra lengua, eco fiel de ella y al mismo tiempo expresión autónoma, por otros pueblos al otro lado del mundo? Ellos, a sabiendas o no, quiéranlo o no, con esos mismos signos de su alma, que son las palabras, mantienen vivo el destino de nuestro país, y habrían de mantenerlo aun después que él dejara de existir.»

O mejor dicho en palabras de Federico García Lorca: «El español que no ha estado en América no sabe qué es España».

Esta ceremonia de hoy está cargada de simbolismo, pues si miráis a vuestro alrededor, a las personas que están a vuestro lado, encontraréis en ello los valores que encarna y defiende esta institución, sin juicios de por medio, sin preguntar bandera, raza o credo, todos aquí reunidos en esta fiesta de la cultura y la concordia alrededor de nuestros galardonados que nos convocan, estos valores que son la concordia, la defensa de la tradición hispánica, la promoción de las artes, la lucha por los derechos sociales, el feminismo real, los puentes de encuentro y cooperación de España con toda Hispanoamérica.

Me gustaría por citar algunos ejemplos más plausibles de estos valores de los que hablo como es: la defensa del feminismo real en la persona de mujeres valientes que con su vida han sabido luchar por defender sus derechos más fundamentales, que han sabido hacerse valer ante el mundo sin pedir permiso a nadie. Uno de esos ejemplos es la presencia de la Presidenta del Consejo de Estado que hoy preside esta sesión, la Sra. Calvo con su vida y luchas es un ejemplo íntegro de feminismo. A sus espaldas, una larga carrera política comprometida con la defensa de los derechos sociales y, también, una militancia feminista, una mujer que como bien ella misma afirma «Está en política porque le interesa el poder» y el servicio y que ha sabido entender el vínculo de unidad que nos une a todos hombres y mujeres en el desarrollo social y resguardo de la democracia, pues «La locomotora de la democracia en el siglo XXI es la igualdad entre hombres y mujeres». Nuestras generaciones son resguardo de los nobles valores de la transición y nosotros como intelectuales y creadores de cultura tenemos la doble obligación de contribuir al resguardo de nuestra democracia, alejándonos de toda monopolización de la cultura y siendo nuestras instalaciones culturales, escuelas domésticas de nuestra democracia institucional.

Ese feminismo del que son ejemplo fuerte nuestras premiadas, la Dra. Luce López-Baralt, Elena Poniatowska o las mujeres fuertes que sostienen esta institución con su presencia decisiva en nuestro patronato como la Dra. Remedios Sánchez o la poeta Daisy Zamora, o aquellas mujeres que silenciosamente han sostenido el tesoro de nuestra lengua custodiando legados literarios que les fueron encomendados para la riqueza y gloria de las letras hispánicas, como Francisca Sánchez del Pozo, Luz Marina Acosta, María Asunción Mateo, o la misma Dra. Remedios Sánchez. Ellas son la imagen pura del feminismo real por el que esta institución también lucha.

Pero también son símbolos de unidad, esa unidad universal a la que cantó Ernesto Cardenal y que defiende esta institución, pues la figura de nuestros galardonados aquí presentes encarna esa unidad y compromiso de amor, pero ya volveré nuevamente a ellos; me gustaría seguir ahondando en esa unidad que es el sello de identidad de esta institución; en esta ceremonia se unen al Patronato de esta institución un grupo de académicos del más alto nivel que, con su ejemplo y compromiso cada uno en su área, ha sabido luchar por la cultura, los vínculos de cooperación con Hispanoamérica y la concordia. Quiero pues darle la bienvenida a nuestros nuevos patrones, al Dr. D. Hernando de Orellana-Pizarro, que desde sus inicios al frente de la fundación obra Pía de los Pizarro ha sido un referente en la creación de puentes de cooperación de España y Hispanoamérica; a la Dra. Remedios Sánchez, una mujer comprometida con las letras de nuestro país, su dedicación a esta noble labor se materializa no sólo en sus grandiosos méritos académicos, sino también en su entrega al frente de la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios o su labor al frente del Festival Internacional de Poesía de Granada, el cual de su mano ha hecho de España un refugio anual para la Poesía mundial; al Dr. José Luis Fernández Fernández, Presidente de la Cátedra Iberdrola de ética económica y empresarial, cuyo nombre mismo es símbolo de Responsabilidad Social Empresarial y Gestión Sostenible, sus méritos académicos son pues inseparables de su amor por crear valores de gestión sostenible; a la poeta Daisy Zamora, una mujer que a pesar de los obstáculos de aquellos que pretendían callar su voz libre y feminista en su poesía, es símbolo excelso de la mejor poesía latinoamericana actual; y a Antonio Fuertes Zurita, cuya vida es un ejemplo de compromiso sostenible desde su papel empresarial.

Por ello esta ceremonia tiene un significado tan especial. Porque, aunque sea por unas horas, tenemos con nosotros a quienes encarnan toda aquella unidad que admiramos; y podemos expresarles, cómo su ejemplo nos ayuda, nos alienta y nos reconforta, ellos y nuestros premiados de hoy son un faro luminoso que iluminan desde ambos extremos del Atlántico nuestras letras, nuestros compromisos sociales, nuestra entrega al trabajo de la concordia de los pueblos y nuestra feroz compromiso con las artes.

En este año en el que nuestra institución se encuentra a las puertas de la celebración del centenario por el nacimiento del último gran poeta del siglo XX, como lo es Ernesto Cardenal, echamos la mirada al pasado y caminamos con determinación hacia el futuro.

Esta es una jornada para la gratitud. Gratitud hacia nuestros galardonados, por todo lo que representan de excelso. Y gratitud hacia quienes con su generosidad nos permiten seguir llevando a cabo nuestra tarea con la ilusión intacta: nuestros patronos y protectores, los jurados, los medios de comunicación y tantas personas que comparten con nosotros su entusiasmo, su admiración y el respeto por la obra de los premiados, protagonistas de esta ceremonia.

A cada uno de los galardonados, quiero darles mi enhorabuena más sincera y dedicarles ahora mis palabras.

Nuestros dos galardonados en esta sesión, tienen una cosa común más allá del amor a las letras y a la concordia que unen sus almas, los dos han aceptado su identidad propia y la han transformado en una esencia sobrenatural que ha pasado por este mundo sembrando amor y belleza, como diría Anne-Eugénie Milleret de Brou, «Es una locura no ser lo que es con la mayor plenitud posible». Elena Poniatowska y Alejandro Roemmers han sido auténticamente lo que son y nos lo han ofrecido a todos como una ofrenda a la belleza y al amor, sus vidas impregnadas de sus letras se han convertido ya en un cántico eterno al amor y la esencia misma del Ser.

Ambos de familias notables sin renunciar a lo que les fue dado por destino, lo han transformado en algo sublime en una entrega renovada para el mundo como una ofrenda eterna y universal de amor a las letras y a la concordia.

Elena Poniatowska, quien nació princesa en París, sobrina de la poeta rebelde Tita Amor y quien llegó a México, en 1942, en el «Marqués de Comillas», el barco con el que Gilberto Bosques salvó la vida de tantos republicanos que se refugiaron en México durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas. Y aprendió el español en la calle, con los gritos de los pregoneros, como ella mismo dijo al recibir el «Premio Cervantes»: «¿Cómo iba yo a transitar de la palabra París a la palabra Parangaricutirimicuaro? Me gustó poder pronunciar Xochitlquetzal, Nezahualcóyotl o Cuauhtémoc y me pregunté si los conquistadores se habían dado cuenta de quiénes eran sus conquistados».

Los ojos de Elena, al igual que Ernesto Cardenal, siempre los ha dirigido hacia los oprimidos: los pobres, los indígenas, los estudiantes, las sirvientas. Ella una figura emblemática en la literatura contemporánea, cuya grandeza y relevancia trascienden fronteras y generaciones. Su obra en sí misma es un testimonio vivo de la capacidad transformadora de la palabra escrita y su impacto perdura en nuestra conciencia colectiva.

Además de su profundo compromiso con la realidad social, la grandeza de Elena Poniatowska radica en su habilidad para crear personajes vívidos y memorables, cuyas historias resuenan en el corazón del lector mucho después de haber cerrado el libro. Su narrativa está impregnada de humanidad y empatía, y sus personajes se convierten en espejos que reflejan las múltiples facetas de la condición humana.

La grandeza de Elena Poniatowska en la literatura radica en su capacidad para dar voz a los sin voz, para capturar la complejidad de la experiencia humana y para trascender las fronteras del género y la forma. Su obra es un testimonio de la importancia de la literatura como herramienta para la comprensión y transformación del mundo, y su legado perdurará como un faro de inspiración para las generaciones futuras.

Y ahora permítanme señorías posar mis ojos en Alejandro G. Roemmers, Premio Ernesto Cardenal de la Concordia y los Derechos Humanos. Como bien dijo Ortega y Gasset «Vivir es sentirse fatalmente obligado a ejercer la libertad, a decidir lo que vamos a ser en este mundo».

Alejandro G. Roemmers, encarna a la perfección estas palabras, su única obligación hacia con el mismo ha sido ejercer la libertad y el amor, de Alejandro, del cual podría hablarles de los muchos méritos humanos y académicos que posee, o de sus múltiples reconocimientos todos del más alto nivel, y aún así no me daría el tiempo para abarcarlos todos; pero hoy quiero dedicarle mis palabras a la persona de Alejandro pues como no puede ser de otra manera para hablar de nuestro premiado de la Concordia 2024 hay que darle el lugar de la boca al corazón. Su amor por nuestro país es innegable de sus años adolescentes en el colegio de Santa María de los Rosales, creo que nace la esencia más pura de Alejandro a la poesía, su amor a la poesía no es otra cosa que el frágil lienzo humano que le permite dibujar las galaxias maravillosas que habitan su alma, para hablar de Alejandro en el marco de este premio de la Concordia hay que hablar del Ser que es el Sr. Roemmers. Hay que asomarnos a las profundas galaxias que habitan su corazón que aún con sed de amor, él mismo se ha transformado en fuente para que todos beban, él como Cardenal es el poeta del autodescubrimiento y de la entrega sin puntos medios, reflejo de lo que es el amor, porque el amor son dos corrientes energéticas que se entregan por completo, sin medias tintas, y sin dejarse nada. Quien dice que ama y se deja algo para sí mismo no sabe amar, porque el amor es entrega sencilla.

Toda la labor social, empresarial, literaria de Alejandro, nacen de su corazón, que se parte reparte y comparte, sin acabar de saciar su propia sed, su poesía que encarna y unifica lo divino en lo humano como un gran lienzo sobre el mundo, es reflejo de la grandeza de su alma, a tal punto que si Él se levantara aquí mismo para preguntarme a mi qué es su poesía, yo sin dudarlo ni por un segundo tomaría prestadas aquellas palabras de la rima XXI de Gustavo Adolfo Bécquer.

La poesía y la entrega social de Alejandro están impregnadas de su esencia más pura, el que con su vida ha intentado dar al mundo del amor sobrenatural que buscan sus versos, por eso su poesía y su vida se cubren a la luz de la eternidad, porque Alejandro es el poeta y el empresario que ha humanizado la esencia más divina del hombre, no ha optado por la filantropía como un ente muerto, sino que cada regalo de Alejandro al mundo en su poesía y en sus obras filantrópicas son una parte misma de él, su único dogma es la tolerancia y el servicio a los otros, en él «Cuerpo es Alma y todo es Boda».

Alejandro al igual que Juana Inés de Asbaje nos ha demostrado con su vida que la única lucha que vale la pena en este mundo es la del conocimiento y el amor.

Al igual que la Monja Jerónima Rebelde, Alejandro en su obra ha explorado temas como el amor, la pasión, el conocimiento y la identidad, revelando una profunda conexión consigo mismo y con el mundo que lo rodeaba. Su poesía, en particular, es un testimonio de su búsqueda constante de la verdad y la belleza, así como de su lucha por expresar su voz única y auténtica.

Porque la religión de Alejandro es el amor.

Hoy, señoras y señores, al ensalzar la vida y obra de Alejandro G. Roemmers y Elena Poniatowska, nos acercamos un poco más a ese mundo que tanto necesitamos y anhelamos, hecho de voluntad de hacer el bien, de personas que son un baluarte de valores cívicos y morales, y que cada día trabajan para ayudar a resolver algunos de los problemas más graves de la Humanidad.

Termino recurriendo nuevamente a nuestros premiados. Su trabajo constante y fructífero para mejorar la vida de los demás, para ayudar y proteger a los más débiles, para elevar la cultura y ser faro que guíe, es ejemplar y es imprescindible. Cuando tantas cosas parecen tener tan difícil solución, necesitamos seguir escuchando sus voces. Y seguir aprendiendo de ellas, pues sus vidas nos hacen tener fe en el porvenir.

Fortalecer lo que nos une nos permitirá, sin duda, seguir recorriendo nuestra historia e iluminar los caminos que hemos de transitar. Lograremos así encarar el futuro con mayor confianza; con una bien fundada esperanza. De eso estoy convencido.

Y acabo haciendo eco de aquellas palabras de Cervantes que nos llenan siempre de esperanza cuando dice: «Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades.»

Muchas gracias.