Conciencia ecológica

EN DEFENSA DE LA TIERRA – Por Ernesto Cardenal

En este planeta azul, en la nave espacial en que vamos todos, se necesita un cambio de ética. De la ética de la explotación a la ética de la preservación. O como dijo el filósofo-mártir Ellacuría: “Lanzar la historia en otra dirección”. No vamos a renunciar al progreso, pero queremos un progreso menos desigual, pues el desastre del medio ambiente se debe a dos extremos: la miseria y el despilfarro. Indira Gandhi dijo que la pobreza era la mayor contaminación ambiental, y lo es, pero también el despilfarro.

La economía no puede estar ausente de la preocupación ecológica. Después de todo, “economía” y “ecología” son palabras muy parecidas. La economía tiene que ver con la vida, y la ecología también. Si la pobreza causa la contaminación del medio ambiente, para salvar el medio ambiente debemos también erradicar la pobreza. Como ha dicho Leonardo Boff: “La Tierra sangra especialmente en su ser más singular, el oprimido, el marginado y el excluido”. En Estados Unidos se levantó un mapa del país con los lugares de más problemas ecológicos, y otro mapa con los lugares de más pobreza, y los dos mapas coincidieron.

La naturaleza tiene valores éticos, no por lo que pueda ser útil al hombre sino por lo que ella vale en sí misma. El teólogo y geólogo Thomas Barry dice que destruir una especie biológica es silenciar para siempre una voz de Dios. Y William Blake: “Todo lo que es vivo es sagrado”.

Y hace sólo unos veinticinco años que se empezó a hablar de ecología, como recientemente se lo señaló Fidel a Ignacio Ramonet. Cuando los jóvenes de ahora estaban adquiriendo uso de razón comenzó la preocupación por la ecología.

La mística Hildebranda de Bingen profetizó hace ochocientos años que si el hombre abusaba de la naturaleza la justicia de Dios permitiría que la naturaleza lo castigara. Y James Lovelock, el de la teoría de Gaia (que el planeta Tierra es un solo ser vivo todo él), acaba de escribir un artículo que dice ha sido el más difícil de su vida, en el que afirma que la Tierra está gravemente enferma, está empezando a tener una fiebre que puede durar 100.000 años, y también hay el riesgo de que entre en estado de coma.

Lo que estamos haciendo con el ozono, con la selva tropical, con la tierra y con el agua, con el calentamiento del planeta, según algunos científicos, si no lo paramos dentro de cuarenta años ya será tarde. Hay otros que dicen que sólo faltan veinte años para que el daño sea irreversible.

La polución ya no podemos verla como un fenómeno local. El DDT se ha encontrado en los pingüinos del Ártico y en todos los peces del mar. El problema ecológico es global, y global debe ser su solución.

Nicaragua está destrozada, y lo mismo lo estarán todos los otros países, unos más y otros menos. Nuestros paisajes están siendo convertidos en basureros. Una vez yo estaba en Italia frente al Mediterráneo, por la zona de Lucca, y quise caminar hasta el mar, pero no pude porque la arena era pura basura: botellas de todo tipo, plásticos de toda clase, zapatos, llantas, infinidad de cosas que impedían dar un paso. No supe si todo eso llegaba de Génova, situada al norte, o de la costa africana de enfrente.

El océano se había mantenido con su agua pura por cuatro billones de años. Toda materia orgánica que en él se descompone se recicla y vuelve a ser nueva vida, y lo que se evapora y se convierte en nubes es sólo agua pura que regresa a la tierra. Pero no ocurre así con las moléculas modernas que el hombre produce en sus laboratorios: son indigeribles, no se degradan, y quedan almacenadas en las células. Pasan al plancton y son comidas por los moluscos, crustáceos y peces, y se acumulan en concentraciones cada vez mayores hasta llegar a nuestras cocinas. Aunque entren en la cadena de la alimentación, no son digeridas nunca ni degradadas, y el mar está siendo cada vez más sucio.

El científico italiano Enzo Tiezzi describe el hecho misterioso de cómo dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, incoloros e inodoros, se juntan y forman la molécula de agua de la que estamos hechos casi por completo. Y yo me pongo a pensar en cuánta belleza hay en nuestro planeta azul por esa agua. Como por ejemplo las islas de Solentiname reflejándose en el agua junto con el cielo.

El científico y famoso explorador noruego Thor Heyerdahal (el del Kon Tiki), encontró muy adentro del Sahara, como a 1.000 kilómetros de la costa, dibujos en las rocas de hace cinco mil o seis mil años, en los que se ven gentes remando en barcas de juncos, cazando hipopótamos y otros animales de la selva. Cuando llegaron los griegos y romanos a África del Norte era un continente selvático. Y nos recuerda también Heyerdahal que la Biblia colocó al paraíso en Irak, donde se juntan el Tigris y el Éufrates, lo que ahora es un desierto. En las excavaciones que se han hecho allí en las dunas se han encontrado tiestos de cerámica en los que aparecen árboles, animales selváticos y embarcaciones fluviales cargadas de madera.

Hemos despalado el paraíso. Se ha privatizado la Tierra Prometida. 

El teólogo, o a quien yo llamaría más bien santo, Pedro Casaldáliga, ha dicho: “El siglo XXI –que ya sabemos que será un siglo místico– será también un siglo del medio ambiente”. Lo de místico es el teólogo alemán Karl Rahner que lo había dicho; lo del medio ambiente es este profeta del Amazonia quien lo agrega.

Otro teólogo también del Brasil ha dicho que no necesitamos recurrir a un principio trascendente y externo para explicar el surgimiento de la vida, pero la vida que es “la mayor floración del proceso evolutivo, hoy está amenazada; de ahí la urgencia de cuidarla”.

La hemos visto en las fotos como una bella bola azul-verdosa, enseñándonos que ella es global, que constituye una comunidad.

Le preguntaron al astronauta ruso cómo se veía la Tierra desde la Luna, y dijo: “Frágil”. También dijo que se veía sin ninguna división de naciones. Cuando la vio era el invierno en el hemisferio norte, y una misma nieve cubría a los Estados Unidos y la URSS, y se confundían, sin ninguna división de naciones.

Como dice otro teólogo, el australiano Denis Edwards, este planeta Tierra es una sola comunidad biológica, un sistema interconectado. Eso hace que también la ecología y la justicia estén totalmente interrelacionadas. Ya lo había dicho también el italiano Enzo Tiezzi, que no puede haber preservación del medio ambiente sin justicia social.

En El Salvador, por ejemplo, los pobres que no pueden pagar la energía eléctrica tienen que cortar leña. No se dan cuenta que con la tala empobrecen su propia tierra por la erosión, además que se disminuye la diversidad biológica y escasean los animales de monte que ellos cazan. Lo de Indira Gandhi: que la pobreza es la peor contaminación ambiental. Aunque es aún mayor el de la opulencia. La miseria y la opulencia son las dos caras de la moneda de nuestra economía. Y flora y fauna no pueden separarse de la justicia.

Un teólogo audaz de Portugal pone en boca de Dios estas palabras: “A mí no me interesa la religión, sólo la política”. Y yo estoy de acuerdo con él, junto con todos los profetas bíblicos. Podría haber agregado a la política la economía y la ecología, pero éstas son también parte de la política.

La especie humana es una especie en peligro de extinción. Podemos extinguirnos como los dinosaurios, con la diferencia de que la extinción de ellos fue por causas externas, y la de nosotros sería por nosotros mismos. Lo del ozono, el aumento del carbono en la atmósfera, las lluvias ácidas, la pérdida de la biodiversidad, la desertificación, el agotamiento de las reservas naturales, los residuos radiactivos, todo eso estamos produciendo. Y uno de los mayores daños es el de la superpoblación. El mandamiento de Dios: “Creced y multiplicaos”, es un mandamiento que como se ha dicho, hemos sobrecumplido.

Somos la especie ecológicamente más dañina. La teoría de Gaia de James Lovelock, es de que el planeta salió del sol y se hizo redondo para girar; un ser vivo que no necesitaba piernas, ni brazos, ni boca ni ano, sino sólo ser redondo y girar y girar alrededor del sol. Se creó a sí mismo condiciones para tener organismos, y después organismos con conciencia, nosotros. Un ser vivo consciente, con una conciencia mayor que la de nosotros, y que si encuentra que somos perjudiciales podría prescindir de nosotros. La vida en la Tierra seguiría perfectamente igual sin el estorbo de nosotros.

Debemos hacer lo posible porque eso no suceda.